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Escrito por Mónica Carinchi   
Miércoles, 20 de Septiembre de 2017 00:39

En la isla Martín García, además de naturaleza hay historia. Desde que el ejército argentino se propuso conquistar la Patagonia, miles de mapuches fueron trasladados a la isla. Mujeres, niños, ancianos, condenados a sobrevivir y morir en condiciones infrahumanas. La chimenea que aún está en pie es parte del crematorio utilizado para desaparecer los cuerpos llagados por la viruela. El cacique Pincén estuvo cautivo con su familia.

 

Partiendo del puerto de Tigre, después de 3 horas de navegación, se llega a la isla Martín García. Reserva Natural de Uso Múltiple, durante mucho tiempo estuvo bajo jurisdicción de la Armada Argentina; en la actualidad pertenece a la provincia de Buenos Aires y es administrada directamente por La Plata; la actividad docente se gestiona desde San Fernando.

La isla tiene una historia entreverada de fortificación armada, presidio, lazareto y depósito de remesas de indios mapuches. El único recuerdo de los miles de indios que pasaron por allí está en el nombre de la escuela secundaria: Cacique Pincén.

 

Contra la desmemoria

Desde Carmen de Patagones, Viedma o Bahía Blanca, miles de indios fueron llevados primero a Buenos Aires y, desde allí, a la isla Martín García. “… cuáles habrán sido las condiciones de semejantes traslados de personas que ya venían en estado de shock… ninguno de los mapuches que arrancaban de las estribaciones andinas y mesetas patagónicas había viajado en barco… la malsana bodega, el movimiento de las olas, los vómitos… nadie explicaba absolutamente nada a los prisioneros”, dice en Pedagogía de la Desmemoria, Marcelo Valko. Para qué explicar a personas que sólo eran consideradas “remesas de indios”.

En la isla, la viruela hizo estragos entre los cautivos: los recién llegados, sanos, eran mezclados con enfermos. Las condiciones sanitarias eran paupérrimas, no había alimentos ni medicinas, las ratas compartían los fétidos espacios con las personas y, aun así, las remesas de indios se sucedieron sin cesar. “Hoy llegaron 300 indios no teniendo nada con qué cocinar. Se digne Vuestra Excelencia mandar prontísimo lo que se pedía en mi última carta, a saber ollas, pavas, bombillas. En cuanto a lo demás, frazadas, camisas, ropa en general todo lo que se podría”, reclamaba el cura José Birot el 20 de febrero de 1879 (carta transcripta en Pedagogía de la Desmemoria).

A la isla no llegaron prisioneros de guerra; hasta allí fueron trasladados hombres, mujeres, niños, ancianos que sólo cometieron el delito de ser indígenas. “Hoy mismo bautizamos con el consentimiento de los padres a todas las criaturas que no tienen el uso de razón, algunas estaban muy mal”, agregaba en la misma carta el cura Birot. ¿Qué consentimiento podían dar quienes habían visto destruir su mundo simbólico?, ¿qué consentimiento podían dar quienes veían a sus hijos agonizar en sus brazos?

En la isla Martín García se moría de viruela, de tristeza, de hambre. Muchos cadáveres fueron cremados; otros, simplemente arrojados al río.

El cacique Pincén estuvo en la isla. En su libro Pincen, vida y leyenda, el historiador Juan José Estévez destaca que el cacique nunca usó la chaqueta militar del enemigo, porque “siempre estuvo orgulloso de su poncho pampa y su ropa tejida en telar”.

Pincén fue capturado en noviembre de 1878 y llevado a Buenos Aires en diciembre del mismo año. Roca se dio el gusto de pasear por la calle Florida al indomable guerrero mapuche que, por ese entonces, ya tenía 70 años.

Algunos historiadores dicen que Pincén murió en la isla; otros, que después de 3 años de padecimientos junto a dos de sus hijos - ciegos a causa de la viruela - lo arrojaron en la provincia de Buenos Aires, donde murió. No hay fecha exacta de su nacimiento, tampoco de su muerte; sólo una fe de bautismo, realizado en Martín García por el cura José Birot: 15 de septiembre de 1879. Aunque, seguramente, a Pincén no le gustaría, sirva, entonces, para recordarlo.