Inicio Suplemento Flor de Ceibo Entre el testimonio y la poesía
Entre el testimonio y la poesía PDF Imprimir Correo
Escrito por Mónica Carinchi   
Jueves, 30 de Marzo de 2017 17:37

El Salvador, parte II. Las mujeres también fueron parte de la búsqueda por terminar con las injusticias en ese país centroamericano: algunas fueron combatientes, otras radialistas, otras denunciantes de los horrores cometidos por los soldados, como Rufina Amaya. La naturaleza: el refugio del combatiente.

 

“Los soldados terminaron de matar a ese grupo de mujeres sin darse cuenta de que yo me había escondido y se fueron a traer otro grupo. Hacia las 7 de la noche, acabaron de matar a las mujeres”, contó Rufina Amaya, en el libro Luciérnagas en El Mozote, testimonio de la masacre perpetrada por el batallón Atlacatl, del ejército salvadoreño, entrenado en la Escuela de las Américas, USA.

Rufina logró sobrevivir a la matanza que se inició el 11 de diciembre de 1981, en el caserío de El Mozote, a 200 kilómetros de la capital de El Salvador. Luego de ver morir a su esposo y sus 4 hijos – entre ellos una pequeña de 8 meses -, huyó de El Mozote, atravesó otros caseríos también diezmados por los vandálicos soldados y, enloquecida de dolor y angustia, llegó a un campamento de refugiados en Honduras, donde comenzó a contar esta historia, que sólo fue aceptada como real en 1992, después que el Equipo de Antropología Forense de nuestro país exhumó 140 cadáveres de niños y niñas, al costado de la iglesia de El Mozote, demostrando que la matanza efectivamente había ocurrido en 1981.

Rufina Amaya murió el 6 de marzo de 2007, su voz sigue resonando junto a todas las voces de las valientes mujeres salvadoreñas. Frente a su tumba, Rafael Rivas explicó que “el ejército negó rotundamente esta acción militar, el gobierno de El Salvador también lo negó y los Estados Unidos no aceptaron la información que daba radio Venceremos porque venía de la izquierda. Pero la radio, 3 días después de la masacre, empezó a divulgarla al mundo por onda corta”.

La radio Venceremos fue la voz oficial de la guerrilla salvadoreña, estuvo instalada en diferentes lugares, uno de ellos fue El Mozote.

“En El Mozote, el ejército aglutinó a los distintos caseríos, para darles, supuestamente, seguridad, pero mucha gente no quiso abandonar sus casas, entonces, después de cometer aquí la masacre, las tropas se fueron caserío por caserío asesinando a los que encontraban, quemando las casas, las cosechas, comiéndose los animales, o sea una completa destrucción en el área de Meanguera”.

Olores nauseabundos, humaredas, cadáveres descuartizados, zopilotes sobrevolando cada caserío fue el panorama que enlutó toda la región.

“Ahora la gente sigue encontrando muertos. Gente que quiere construir su nueva casa, cuando hace las excavaciones, encuentran a su familia. El caso de don Orlando Márquez, que, haciendo su casa nueva, encontró 3 cadáveres de su familia. Otras gentes desaparecieron porque los animales se los comieron; una gran cantidad de personas que murieron afuera de El Mozote fueron devoradas por los coyotes, por los zopilotes y los perros”.

Además de los animales de carroña, en las noches de El Mozote aparecen las luciérnagas y eso fue Rufina Amaya, una luz en tanta oscuridad.

 

Las luciérnagas

Según Rafael Rivas, la guerrilla salvadoreña fue muy ordenada y tuvo una estructuración que le permitió mantenerse fuerte durante los 12 años de enfrentamientos. “Además, la participación de la mujer fue muy importante. Eran un 30% de nuestras fuerzas; la mujer estaba incorporada como soldado, como miembro de comunicaciones, como alfabetizadora, médica, política”.

Muchas mujeres se integraron a las fuerzas guerrilleras, no sólo salvadoreñas, también de otros países como Alemania, México, España, Honduras; desde el exterior, las mujeres se organizaron en comités de solidaridad, entre ellas muchísimas salvadoreñas que habían migrado a Estados Unidos. “Muchas mujeres formaron parte de la radio clandestina Venceremos: Leti, Mabel, la Mariposa. Hubo mujeres que fueron comandantes de alto nivel; otras que tuvieron notoriedad por su gran capacidad, eran estudiadas y demostraron su gran capacidad en todas las áreas”.

 

Para toda la vida

Junto a sus compañeras y compañeros, Rafael Rivas vivió por años en las montañas. “Las montañas fueron nuestro refugio. Amo a los cerros que nos protegían de ser detectados, nos protegían de la aviación, de ataques artilleros. Amo la noche, porque el día le pertenecía al enemigo y la noche nos pertenecía a nosotros. Nosotros, en la noche, caminábamos, accionábamos y nos sentíamos seguros. En el día, ellos se levantaban con sus aviones, nos buscaban, avanzaban sobre nuestras zonas de control. Amo la noche, la naturaleza, los pájaros que nos avisaban cuando teníamos peligro; a una distancia de 400 metros podíamos distinguir el canto de un ave y saber si había enemigos o no. Cuando había calma, se podía escuchar cualquier sonido, pero, cuando el viento venía, no dejaba ni al enemigo escuchar los sonidos nuestros ni nosotros escuchábamos los de ellos. Entonces, el viento también tenía su participación. Cuando llovía, uno se sentía más seguro, podía pasar y caminar en medio de una concentración enemiga y no era detectado”.

Identificado con la naturaleza, Rafael supo agudizar sus sentidos; en las noches cerradas, cuando le tocaba velar el sueño de sus compañeros, su respiración se acompasaba con la suave brisa mientras su razón evaluaba las acciones de sus superiores.

“Por destino, quizás, me tocó estar en algunas ocasiones muy cerca de la alta dirigencia, ser parte de sus estructuras de seguridad. Estuve cerca del comandante que resaltó sobre todos, Joaquín Villalobos, que nos impregnó muchas de sus convicciones revolucionarias, pero yo nunca creí tan fieles sus palabras y vine a comprobar, al final de la guerra, que su discurso revolucionario dio un giro de 180 grados. Me di cuenta que nunca fue revolucionario porque él dejó a su pueblo luchar solo y se fue al final del conflicto. Para él la lucha sólo fue de 12 años, pero para un verdadero revolucionario, la lucha es para toda la vida. No hay un tiempo definido para un revolucionario. Pero hubo otros comandantes dignos de ser respetados y recordados como Chafik Handal, Eleno Castro, Carmelo, dieron su vida por estos cambios de justicia social para El Salvador”.

Este pequeño país logró la paz en 1992, pero la injusticia social aún camina por sus calles: el enfrentamiento armado no pudo torcerle el brazo al sistema capitalista. Entonces, para seguir luchando contra la explotación capitalista, por las muertas y por las vivas, las mujeres salvadoreñas también adhirieron al Paro Internacional de Mujeres.

 

Foto: Rafael Rivas, el guía de la Ruta de la Paz