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La misteriosa muerte de Corina Reynal O’Connor PDF Imprimir Correo
Escrito por Mónica Carinchi   
Jueves, 30 de Marzo de 2017 17:30

Tres disparos atravesaron la noche tigrense. Ocurrió en 1913. Un feminicidio en una quinta de la calle Colón.

 

A principios del siglo 20, cuando la calle Colón era de tierra, a pocas cuadras del río, estaba la quinta La Constancia. Allí, justo cuando el país festejaba el Centenario, fue a vivir el matrimonio Elliot.

Él, Jaime Elliot, practicaba remo en el Rowing Club; las frías mañanas tigrenses no lo amilanaban, por eso, verano e invierno se lo veía deslizarse por las aguas del río Luján, hasta que se perdía a la entrada de algún arroyo. Energizado por el deporte matutino, por las tardes partía a Buenos Aires donde se ocupaba de los negocios familiares: su padre tenía una empresa maderera en Londres.

Ella, Corina Reynal O’Connor, 14 años menor que su esposo, era hija de un prestigioso médico que la había educado para ser una mujer libre; fue así que Corina, en lugar de quedarse en su casa tejiendo mientras su marido estaba fuera del hogar, hacía vida social, no en Tigre, ya que era un pequeño pueblo, sino en Buenos Aires, donde tenía amistades y parientes. Por supuesto, viajaba en tren, sola, y esto llamaba la atención de los vecinos más tradicionales, pues, por aquel entonces, no era común que una joven de familia adinerada viajara sin compañía.

 

Disparos nocturnos

En 1912, la madre de Corina se instaló en la quinta La Constancia. En poco tiempo, los vecinos comenzaron a rumorear que la elegante mujer había ocupado el cuarto matrimonial y la pareja dormía en camas separadas: Corina, al lado de su madre; Jaime, en el fondo de la casa. Por supuesto, la discreción del matrimonio era tal, que en las reuniones sociales se los veía del brazo como si la vida conyugal no se hubiese visto empañada por ninguna nube.

Sin embargo, el domingo 17 de agosto de 1913, tres misteriosos disparos terminaron con la vida de la joven Corina. Su esposo acudió rápidamente desde el fondo de la quinta hasta la sala que daba a Colón: encontró a su esposa tendida en el suelo, con su blanco vestido empapado en sangre.

Según dijo después a la policía, vio saltar por la ventana a un desconocido, pero, como su primera intención fue atender a su esposa, el hombre desapareció en la noche.

 

Un final confuso

Las versiones comenzaron a correr. Por un lado, se dijo que había entrado a la casa un desconocido con intención de abusar de Corina, que dormitaba en un sofá; por otro, se llegó a decir que el mismo Jaime fue quien disparó el revólver. Una tercera versión fue que Corina se había suicidado.

Por algunas cartas encontradas entre los objetos personas de la muerta, comenzó a desenredarse un amor secreto.

Parece ser que los viajes en tren fueron el origen del romance; en un retorno de Buenos Aires, un apuesto italiano, llamado Ernesto Pittarelli, quedó prendado de la belleza de Corina. Habiendo descendido del tren, la joven fue a paso acelerado hasta su hogar y, detrás, este osado hombre, con el cual, finalmente, entabló una relación.

Mientras Jaime se ocupaba de las maderas, Corina y Ernesto paseaban por Florida, se escribían cartas o soñaban con un viaje en góndola o con divisar un atardecer desde el balcón de Romeo y Julieta.

Pero, como todo tiene un fin, un día Ernesto - celoso como Otelo - le dijo a Corina que deseaba terminar la relación. Decidieron, entonces, devolverse cartas, para lo cual Ernesto iría a Tigre. Según parece, así fue, pues un vecino declaró haber visto a un hombre merodeando la casa de la familia Elliot, el domingo 17 de agosto. Ya sabemos lo que sucedió esa noche, lo que no se sabe es si el revólver lo disparó Jaime o Ernesto. Algunos dicen que marido y amante se pusieron de acuerdo para que se dictaminara que fue Corina quien terminó con su vida.

 

Fuentes: Caras y Caretas. Número 778, 1914

Historias Inesperadas de la historia argentina. Daniel Balmaceda.