Inicio Historia Los monstruos de la quinta Hero
Los monstruos de la quinta Hero PDF Imprimir Correo
Escrito por Mónica Carinchi   
Viernes, 17 de Febrero de 2017 11:08

En 1930, un infanticidio conmovió la tranquilidad del pueblo de Tigre. La familia encabezada por Elvira L. viuda de Mac Moran tuvo a su servicio una pequeña niña llamada Casimira Yáñez, traída de la provincia de Salta. Los primeros días de julio de 1930, la niña fue llevada al Hospital de Caridad con evidentes signos de malos tratos. Murió al otro día. El caso conmovió a toda la población, que se hizo presente en su cortejo fúnebre y reclamó la muerte de los asesinos.

 

Allá por julio de 1930, el pueblo de Tigre, que se mecía en una “paz franciscana de pueblos veraniegos”, vio estremecida su tranquilidad por la muerte de una pequeña de 13 años que servía en la casa de una “familia de bien”.

Dicha familia estaba encabezada por la señora Elvira L. viuda de Mac Moran; junto con su hijo Remo Dasso habitaba la propiedad ubicada en Liniers 451/447, una mansión de 20 habitaciones, denominada Quinta Hero.

Como era costumbre por aquellas épocas, las familias adineradas traían niñas de provincias lejanas para realizar tareas domésticas. Así lo hizo la familia Mac Moran, que, desde Salta, trajo a la pequeña Casimira Yáñez. Después de fregar y sufrir hambre y miles de humillaciones, la pequeña salteña fue trasladada al Hospital de Caridad de Tigre “con su cuerpecito macilento, roto, lastimado, lleno de escoriaciones, magulladuras, llagas, heridas, quemaduras”. El diagnóstico fue “malos tratos”. La medicina nada pudo hacer, la pequeña murió en la fría madrugada del 5 de julio.

 

Justicia para Casimira

En la búsqueda de datos oficiales reclamados a viva voz por los vecinos del apacible poblado, periodistas de La Razón de San Fernando se apostaron en la comisaría de Tigre, pero “dados los múltiples inconvenientes para obtener información oficial”, informaron a sus lectores que decidieron prescindir de ella, no sólo para este caso sino también para los casos futuros. Se dedicaron, entonces, a buscar testigos, no ya de los horrorosos hechos que condujeron a la muerte de la menor, sino de cualquier indicio que pudiera delinear el monstruoso perfil de la familia Mac Moran.

Las incontables puertas de la mansión Hero no lograban esconder los horrores que en ella habitaban.

Cuatro años antes de ocurrida la muerte de la pequeña Casimira Yáñez, había servido a la familia “una joven bonita y de cabellos rubios llamada Hortensia”. En las noches silenciosas y despobladas de la avenida Liniers, los vecinos de la quinta Hero escuchaban una y otra vez “patéticos ayes de dolor” proferidos por la bonita Hortensia y, acto seguido, gritos e imprecaciones del violento Remo Dasso. Las últimas veces que la joven fue vista, se encontraba con un embarazo avanzado.

El recuerdo de la rubia Hortensia quedó sepultado por el silencio cómplice que, horadando las conciencias de los vecinos, saltó a la luz, empujado por la muerte de la inocente Casimira. “De realizarse excavaciones en la quinta Hero, pudiera hacerse un hallazgo macabro”, dijeron.

Entre las muchas trabajadoras que pasaron por la quinta Hero, los periodistas registraron la declaración de la señora de Carnevale, quien rememoró la transformación de la pequeña Casimira: “Era una niña gordita de vivacidad precoz, que casi siempre alegre y gustosa realizaba sus tareas domésticas hasta que poco a poco, fue decayendo”.

Con evidente dolor, la Sra. Carnevale narró un episodio que fue, para ella, revelador de la rigidez inhumana de la viuda de Mac Moran: “Un día encontré a la pequeña Casimira con una olla sobre su cabeza. Creí que había recuperado su buen humor, pero mi sensación quedó desbaratada cuando la viuda de Mac Moran apareció y me dijo que le había ordenado a la niña que arrojara esa olla a la basura y no lo había cumplido, entonces para que no repitiera más los olvidos, le mandó ponerse la olla como sombrero”. A partir de ese día, siguió recordando la Sra. Carnevale, Casimira se acercó tímidamente a ella para solicitarle que le llevara un poquito de pan y, con voz resquebrajada, agregó: “Me dijo que, aunque fuera viejo, no importaba, ella lo comería igual”.

Pero los mendrugos no pudieron salvar a la pequeña víctima, que sólo encontró compasión entre las enfermeras que asistieron a su agonía.

Con un acompañamiento de 5 mil personas, el cajoncito de Casimira Yáñez recorrió las calles de Tigre. Al llegar frente a la comisaría donde se encontraban detenidos Remo Dasso y su madre, el cortejo se detuvo y estallaron los gritos de mujeres y hombres reclamando justicia. Sin ningún tipo de compasión - que, por supuesto, no merecen - por lo ejecutores de este infanticidio, las voces femeninas se levantaron en un único grito: “Queremos linchar a los asesinos”.

Acalladas las expresiones que demostraron la conmoción que este horrendo crimen produjo en el pueblo de Tigre, el cortejo continuó hasta la morada final de la niña.


Nota: fuente diario La Razón, de San Fernando, julio 1930.