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El sedante encanto del humedal PDF Imprimir Correo
Escrito por Mónica Carinchi   
Lunes, 05 de Septiembre de 2016 13:59

Jaaukanigás, un Sitio Ramsar en el norte de Santa Fe. Planicies de inundación, ríos y lagunas esperan al visitante para disfrutar de caminatas, avistaje de flora y fauna y múltiples propuestas respetuosas del ambiente y las costumbres del lugar. Pasado y presente en los pueblos de La Forestal. La cooperativa de ecoturismo, Portal del Humedal, toma la iniciativa en la difusión de esta zona de atrapante biodiversidad.

 

“Corría el río en mí con sus ramajes / Era yo un río en el anochecer / y suspiraban en mí los árboles / y el sendero y las hierbas se apagaban en mí. / Me atravesaba un río, / me atravesaba un río”.

Como en la poesía de Juan L. Ortiz, en Jaaukanigás, en el norte de Santa Fe, la omnipresencia del agua acompaña al visitante, con su pudorosa cadencia.

La flora y la fauna; la historia y la cultura ancestral; la gastronomía y la cordialidad de su gente hacen de este gran humedal - ubicado en la planicie del Paraná medio - un destino ecoturístico que no se agota en una sola recorrida.

“Aquí todos los días se descubre algo; es muy lindo ver un amanecer, ver cómo se despierta toda la naturaleza. Sobre todo para la gente que está acostumbrada a vivir en la gran ciudad”, dijo Román Murzyla, responsable de turismo de la localidad de Villa Ocampo, situada a la orilla del Sitio Ramsar Jaaukanigás.

Hasta ahora, la zona fue fundamentalmente conocida por los aficionados a la pesca, pero la Municipalidad, advirtiendo la belleza y riqueza del paisaje y decidida a cuidar de este humedal que presta grandes beneficios biológicos, está implementando “un plan estratégico de desarrollo turístico sustentable y sostenible en el tiempo, que valora el medio ambiente, los recursos naturales, respeta las costumbres y recupera la historia del lugar”, explicó Román.

Quienes viven sobre el Sitio Ramsar pueden hacer un uso sustentable como “tener una huerta o cortar alguna madera para hacer su casa, pero no se puede hacer siembra ni talar”.

Si bien en los últimos tiempos los desastres ambientales han hecho que se ponga una atención especial sobre el cuidado de la naturaleza, Román destacó que “es muy importante la concientización que se va generando en los jóvenes. En Villa Ocampo, los colegios incluyeron en la currícula escolar el tema de los humedales, porque la gente está acostumbrada a verlo, pero quizás no sabe el valor ambiental que tiene este ecosistema”.

En concordancia con esta mirada municipal, han surgido cooperativas dedicadas al ecoturismo; una es Portal del Humedal, organizadora de la Fiesta de los Humedales, que ya lleva su 3era. edición.

“Esta cooperativa empezó a ver qué sabía hacer la gente, así surgieron actividades como avistaje de flora y fauna, senderismo, cabalgatas, viajes en lancha. Aprovecharon el conocimiento empírico de los lugareños y armaron un producto turístico para toda la familia y respetuoso de la naturaleza, porque ellos, por ejemplo, también hacen pesca pero con devolución y con carnada que no lastima al pez”.

Además de las actividades a campo abierto, en Villa Ocampo hay tres museos y, para quienes gustan de la historia, existe un recorrido por los pueblos de La Forestal, guiado por jóvenes profesores que están interesados en recuperar una historia que aún no fue suficientemente contada.

 

Entre árboles y aves

Después de atravesar varios arroyos, se llega al puesto de Rubén Blanco, guía de sendero de la cooperativa Portal del Humedal.

Nacido en Villa Ocampo, desde muy pequeño comenzó a recorrer las islas del humedal, ya que su padre siempre se dedicó a la ganadería.

Con machete en mano, Rubén va limpiando el sendero de 2 km. que, en algunos tramos, se torna complicado ya que la inundación también afectó esta zona desde el mes de diciembre. “Tuvimos casi 2 metros de agua, lo que afectó muchísimo la ganadería, hubo que llevar el ganado a las zonas altas y ahí empezó a llover. Este año estuvimos muy castigados, va a costar recuperarse”, comenta Rubén, mostrando las marcas de la inundación sobre un espléndido ejemplar de timbó negro.

“Tiembla un dolor de siglos en las aguas impuras / que arrancaron raíces y carcomieron tumbas / que ahogaron yeguas, potros, jardines y espesuras”, dice el poeta Efraín Bartolomé, porque los chiapatecos también saben de inundaciones.

Acompañando el camino, la caña picanilla (se usa para techos e invernaderos), las enredaderas, los sauces y gran cantidad de arbolitos recuerdan el insubordinado paisaje isleño, en este caso más extenso y abierto.

Múltiples aves deslumbran al visitante: boyero pico blanco, caraú, cardenal, garzas, rapaces; un carpintero llama la atención con su peculiar golpeteo sobre la madera y para sorpresa y admiración de todos, desciende del árbol dando saltitos hacia atrás. El asombro y las tomas fotográficas no tienen descanso.

El espinillo pone el toque con sus florcitas amarillas; el maní del indio, que crece a la orilla del río ofreciendo sus frutos al pacú, es admirado por su frondosa copa; la descripción de las propiedades curativas del baricoca asombra a todos.

A lo lejos, el grito profundo del mono aullador alegra a los caminantes; las aves siguen atravesando el cielo, saltando sobre los árboles y perdiéndose en el enramado profundo.

Gustoso de comunicar todo lo que sabe, Rubén Blanco está atento a cada sonido, a cada huella, a cada pregunta; su ojo experimentado logra descubrir las aves más huidizas. “Allá arriba”, señala y asegura que, si se hace silencio, se puede ver mucho más.

Después de exclamaciones, comentarios y silencios, espera al visitante una exquisita comida campestre, ya que un grupo de maravillosas cocineras también forman parte de la cooperativa.

 

Y le picó un bichito

El humedal Jaaukanigás es refugio del aguarapopé, aguaraguazú, gato montés, zorro gris, oso hormiguero, hurón, nutrias, pumas; algunos animales, como el yaguareté, han desaparecido. “Acá hubo gente que vivió exclusivamente de la caza; se cazaban animales para pieles, luego hubo grandes presiones en defensa de los animales y el ambiente y ahora la caza está prohibida”, explica Luis Suárez, un cazador devenido en guía.

Luis es originario de Villa Guillermina, otro pueblo fundado por La Forestal; una vez que esta fábrica cerró, otras continuaron la devastación de la naturaleza. “La Forestal explotó el quebracho colorado, pero quedaron todos los renovales. Pero las últimas empresas, desde el paralelo 28 hasta la ciudad de Vera, hicieron estragos porque cortaron todo el monte: guayacán, guraputá, chañar, garabato, hasta la trementina cortaron, que es una madera que no sirve ni para leña porque hace humo. Esos fueron peores que La Forestal porque talaron todas las especies. Pero la provincia se puso los pantalones y ahora pone grandes multas si tocan el monte nativo”.

Cosas que pasan lejos de Buenos Aires y la mayoría desconoce y a muchos no les importa, hasta que llega el tirón de orejas desde remotas tierras: “En Guillermina hay una fábrica que hace el aglomerado y para comprarle a esa fábrica, la Unión Europea les puso una cláusula, primero los tablones tenían que tener un 30% de madera reforestada, después el 50% y ahora el 100x100. Por eso dejaron de cortar el monte nativo, no por protegerlo, sino por conveniencia”.

Gran conocedor de la naturaleza, Luis cuenta que “la acacia negra sirve como forrajera y es mejor que el algarrobo porque en este caso las chauchas van cayendo de a poco, en cambio el algarrobo en 15 días ya no tiene nada. En muchos casos el productor ignora esto y la cortaba para leña, quitándole kilos de forraje al ganado. Yo tuve una Holando que, con un balde a la mañana y otro a la tarde, prácticamente le hice pasar un invierno porque no tenía para comprar maíz”.

Durante la caminata, múltiples y variadas huellas de animales son distinguidas por Luis; también un gran hormiguero tiene su explicación: “El principal forjador del monte nativo son las hormigas, porque traen mucho pasto, semillas y airean la tierra. En los montes más degradados, es donde más hormigueros hay. La naturaleza siempre trata de equilibrar”. Qué equivocados los productores que queman la tierra para tratar de recuperar fertilidad, porque de esa manera arrasan con árboles pequeños, animalitos, insectos!! Datos que se aprenden de la mano del guía.

Saliendo del monte, el recorrido continúa por un extenso palmar que rodea una laguna artificial, construida por La Forestal que consumía grandes cantidades de agua en el proceso del tanino. Con las palmeras caranday de fondo, Luis cuenta: “Después de andar por el monte cazando, pescando, tomando lo que la naturaleza me daba, un día me senté debajo de un árbol y vi una desolación en lo que antes era un monte nativo. Entonces me dije ‘ah, la puta, cómo desapareció esto. Acá hay que plantar porque esto se está yendo’. Ese bichito me quedó, entré a averiguar, a hacer contacto con viveristas y así empecé”. Actualmente, Luis tiene un vivero de plantas nativas, especializándose en palmeras; además, claro, también es guía de sendero.

Cuando ya la figura de las cigüeñas se iba borrando por el atardecer, no se podían descubrir aves y los monos se acurrucaban en las ramas más altas, Luis habló de su presente. Este hombre curtido por la vida es referente de El Caraú, una ong sin fines de lucro que tiene como finalidad promover la agricultura familiar y cuidar la semilla nativa, pues gran parte de Santa Fe está invadida por semillas transgénicas. “Somos 51 familias, ladrilleros, apicultores, caprinos, horticultores. Queremos que los alimentos sanos lleguen a nuestras mesas y que el productor tome conciencia del valor que tiene la tierra y sobre todo el monte nativo”.

Además de haber sido testigo de la transformación del monte, Luis percibe los cambios sociales de su pueblo: “Nosotros damos mano de obra todos los años, son nuestros hijos. Si ellos emigran, van a la gran ciudad para ser mano de obra barata y terminan engrosando las villas miserias. Cuando la gente se va, los terratenientes van haciéndose cada vez más fuertes, porque compran las tierras. Entonces queremos que la gente siga viviendo en la zona, que tenga su huerta, su gallina, su chancho. Sólo el que vive acá sabe el desarraigo que sufre cuando se tiene que ir”.

Luis tiene un tono cantarino y narra historias con tal vivacidad que no son para ser escritas, sino para ser escuchadas, por eso quedan todos invitados a recorrer Jaaukanigás de la mano de sus lugareños.