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Con aroma a cacao y café PDF Imprimir Correo
Escrito por Mónica Carinchi   
Martes, 09 de Febrero de 2016 15:13

Producciones orgánicas cerca de Machu Pichu. En el distrito de Huayopata, provincia de La Convención, Perú, cerca de las ruinas de Machu Pichu, José Quispe y Raúl Marín Echegaray producen, respectivamente, café y cacao, de manera orgánica. En esa zona, conocida como ceja de selva, la naturaleza es pródiga: tierra fértil, agua en abundancia y plantas nativas para comer y sanar. Organizados cooperativamente para comercializar sus productos y, al mismo tiempo, para cuidar lo que ofrece la Pacha, los productores orgánicos no apuestan a la cantidad, sino a la calidad.

 

Con una historia de abusos de terratenientes y luchas campesinas que culminaron con la Reforma Agraria de finales de los 60, la provincia peruana de La Convención - arrullada por los calores y la humedad subtropical - ofrece al visitante los frutos más exquisitos de su fertilidad: café, cacao, frutas, verduras.

Muy cerca de las cristalinas aguas del río Chonta, la Finca San Miguel - de José Quispe y Julia Sangama - reúne toda esa riqueza, potenciada por la producción orgánica. “Estamos asociados a una cooperativa y una certificadora garantiza que toda nuestra producción es orgánica”, cuenta don José. Hace 6 años, además, reciben turistas que comparten la actividad cotidiana de la familia, a la que se suman las historias del lugar, durante las sobremesas nocturnas que, según la época del año, pueden estar acompañadas por una persistente lluvia tropical. “Recibimos grupos muy pequeños y ahora estamos entusiasmando a los vecinos, pero muchos son tímidos y no pueden hacerles la charla a los turistas”, dice pícaramente.

Mientras el cultivo estrella de la finca de José Quispe es el café, uno de esos vecinos a los que intenta entusiasmar, cultiva cacao a 1500 metros de altura, cosa rara para este fruto de América.

 

Finca San Miguel

En el inicio de la recorrida por la finca, su dueño asegura que vive “en una tierra privilegiada, porque todo lo que se siembra, crece”. Agrega, asimismo, que la zona tiene otro privilegio: importantísimas reservas de gas y, obviamente, petróleo. Claro que éstos son explotados por transnacionales que sólo dejan en América Latina desastres ambientales, por lo cual estamos convencidos de que esos minerales deben quedar en el subsuelo de nuestra América para que podamos seguir disfrutando de la alegría que nos ofrece la Naturaleza.

Plantas de mango, variedades de maracuyá - sembradas por los pajaritos que van de un lado para otro - bananas, lúcuma, cítricos - los más dulces y también los más ácidos - invitan a detenerse a cada paso.

“El programa orgánico exige que tengamos distintos tipos de plátanos, entonces cosechamos cada 20 días”, explica y nos ofrece unas bananas muy chiquitas, súperdulces.

Debajo de los bananos están las plantas de café y cacao, porque “son plantas delicadas que necesitan calor y sombra. Además, de esta manera, el cacao va tomando un leve sabor de los árboles que están cerca”.

La extracción de una yuca de unos 70 cm fue la gran tarea de la mañana. “Es un gran alimento”, destaca nuestro guía.

Miles de hojas y frutos maduros reventados al caer van formando un manto que alimenta a la tierra, en un ciclo de renovación continua. “Mis padres nos alimentaron con las cosas del lugar. Antes no había tiendas, sólo se compraba carne los días domingos”, recuerda don José y va señalando los huevos que las gallinas ponen en cualquier lugar. Ayer como hoy, las familias de la zona gozan de seguridad alimentaria.

También se encuentran en la finca plantas típicas de la selva como el aguaje o la uncucha, llevadas por Julia, oriunda de aquella región.

Por supuesto, por todos lados hay plantas medicinales, como el matico, muy bueno para los resfríos.

Como el trabajo en el campo es muy pesado, las hojas de coca acompañan al campesino: “Hace más de 25 años, en esta región se sembraba coca. Mi padre cosechaba 35 arrobas de coca cada 3 meses. Ahora quedan algunas matas, que vamos podando para sacar las hojas con facilidad. Los que trabajamos en el campo siempre pichiamos un poco porque sirve para concentrarnos. Con la coca avanzo más rápido”.

Durante los meses de agosto, septiembre y octubre, el cafetal florece, entonces el lugar se pone blanco y un suave perfume atrae a las abejas. “A los dos años ya puede dar fruto si se lo trata bien, por ejemplo poniéndole guano de isla”, comenta don José. Cuando llega el momento de la recolección, o sea cuando el grano está bien rojo, toda la familia se pone a trabajar. “En la época fuerte hay que conseguir más gente, entonces ponemos en práctica el ayni, una ayuda gratis al vecino que ofrece la comida como compensación y después retribuye la ayuda recibida. Es una costumbre de la época del incanato”. La cosecha es manual; se hace en 6 o 7 veces, pues todos los granos no maduran al mismo tiempo.

En el 2014, la roya, una plaga típica del cultivo extensivo del café, atacó esa zona; sin embargo, la familia Quispe no se vio afectada por esta plaga ya que en la quinta se plantan distintas variedades de café. Por supuesto, los productores no orgánicos utilizan agroquímicos, por este motivo “muchas aves fueron desapareciendo de la zona. Pero lentamente los productores se van dando cuenta de que no deben usar esos productos porque están matando a la Naturaleza”.

Una vez que cosecha su café orgánico, José se prepara para todo el proceso: fermentación, lavado, secado, descascarado, selección. “1°, 2°, 3° y descarte, que generalmente es para consumo interno. Tradicionalmente el café se seleccionaba a mano y era un trabajo realizado por las mujeres; en la actualidad hay máquinas seleccionadoras”. Luego se realiza el tostado del grano y, por último, la molienda.

Y mientras el aguacero tropical dejaba oír su furia sobre las chapas de la cocina y el aroma del café gourmet, molido en ollita de barro, invadía nuestros sentidos, José se preparaba para seguir deleitando a los visitantes con su charla.

 

Finca Pataypata

Con 280 plantas de cacao, distribuidas en 5 hectáreas, Raúl Marín Echegaray produce entre 14 y 16 quintales anuales de granos de este fruto. “Somos los únicos productores de la zona que hacemos cacao chuncho. Hace algunos años cortaron todas las plantas de esta variedad y sembraron cacao híbrido, respondiendo a recomendaciones de supuestos especialistas europeos. Ahora se han dado cuenta que el chuncho es mejor y el gobierno lo está promoviendo”, refiere Raúl.

También en esta finca la producción es orgánica, por lo cual Raúl combate a la mosca del cacao matándola a mano o con un biol que ellos mismos producen con hojas y ramas fermentadas con azúcar, sal, estiércol y sangre de pollo y cenizas. “Después de 60 días de fermentación, está listo. Con este líquido se fumiga y se logra controlar entre 60 y 70% de la plaga”.

Entre frutales variados, los árboles de cacao aparecen con sus troncos cargados de mazorcas amarillas, listas para cosechar. “Para nosotros la cosecha es de noviembre hasta fines de abril”.

Para ser consumido, el cacao pasa por un largo proceso; pero la mayor parte sale de Perú en forma de grano. El valor agregado se hace en el exterior. Raúl vende sus granos a través de una cooperativa; aunque un porcentaje lo procesa él mismo para hacer pasta pura de cacao que comercializa como Flor Margarita, recordando el nombre de su mamá.

Como es propio de las producciones orgánicas, en la finca hay una multiplicidad de plantas, algunas son cultivadas y otras crecen espontáneamente. Ya sea para uso medicinal, como la ortiga, o para hacer sogas, como el maguey, Raúl las va reconociendo una a una. Todas aportan al equilibrio natural y, algunas, a dar un sabor característico al cacao. Quizás esa zona poco habitual, por su altura, para esta planta que enamoró a la corte española, sea un reducto para que no se produzca una nefasta predicción: por el cambio climático, nos podríamos quedar sin cacao en 20 años!!!