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Un curioso drama pasional en el Delta PDF Imprimir Correo
Escrito por Maribel Carrasco   
Domingo, 11 de Octubre de 2015 16:13

Historia del Partido de Tigre XCV. Uno de los hechos más trágicos que se recuerda en las Islas del Delta ha sido el suicidio del escritor y político Leopoldo Lugones en el recreo El Tropezón. Pero en esta oportunidad contamos otro relato dramático y curioso a la vez ocurrido en el mismo escenario isleño, a mediados de la década del 40. Un muerto que no estaba muerto.

 

Era un 15 de febrero de 1938 y una lancha de pasajeros llegó al muelle del recreo “El Tropezón”, ubicado en el Paraná de las Palmas y Canal La Serna. Allí estaba esperando Luis Giúdici, el hijo de uno de los propietarios, para recibir a los visitantes, como era costumbre. Entre los pasajeros arribó un hombre solitario, vestido con “palm-beach”, de claro, sombrero panamá y lentes exóticos. Bajó y pidió una habitación. También pidió la cena y dio un corto paseo por los jardines de alrededor. Tras una hora de tranquila estadía, pidió un whisky con agua y siguió contemplando el paisaje, mientras jugueteaba con un frasquito de remedios. Se le asignó la habitación número 9. Antes de cenar se encerró en la habitación.

Los dueños del recreo lo llamaron a comer y pronto se notó la ausencia del extraño pasajero. Le fueron a avisar a su pieza pero no hubo respuestas. Se insistió y el silencio volvió a ser la contestación. Entonces Luis Giudici se atrevió a abrir la puerta y encontró al huésped, sobre la cama, vestido con la elegancia señalada, con la cabeza hacia abajo y el frasquito rodando en el piso. Se había suicidado con cianuro y estaba muerto. Su nombre era Leopoldo Lugones.

Durante años, esa habitación fue histórica para el recreo. No se cambió nada. Ni la mesa, ni la silla, ni la bandeja, el jarro de agua, la cama...

Seis años después y en las inmediaciones ocurrió otro drama que recordamos en esta ocasión. En una isla había un aserradero que estaba a cargo de Gregorio Galloro, el “Toto”, quien convivía con una concubina. Se llamaba Rosalía Rojas. Gregorio tenía un hermano, se llamaba Antonio y le decían el “Caracú”, también argentino, de 32 años, oriundo de San Fernando, y se dedicaba a la misma actividad, a los aserraderos.

Por otro lado, en la Ciudad de Buenos Aires, en el parque de Retiro, se había instalado un famoso circo norteamericano. Allí trabajaba un joven uruguayo, llamado Luis Alberto Pereyra. Una vez terminada la temporada, Pereyra se quedó en el país, y a través de un conocido, se contactó con Gregorio Galloro quien le ofreció trabajo en la isla. Pereyra tenía 19 años y estaba solo.

Con el paso del tiempo, Gregorio comenzó a observar que el uruguayo se le acercaba mucho a Rosalía, y comenzó a sospechar. Ambos hablaban mucho y con un mutuo interés. La sospecha de “Toto” se transformó en celos, y le surgió la necesidad de acabar con esa situación. Una tarde, el Toto, el Caracú y el amigo Severo Fernández salieron a cazar. Al volver, ya con la noche en ciernes, encontraron desprevenido a Pereyra. Se apostaron y desde unos 30 metros con un tiro de escopeta mataron al joven. Hicieron una fosa en el mismo lugar y enterraron el cadáver.

Pasó el tiempo y Pereyra no apareció más por los lugares que solía frecuentar. El “Toto”, ante el miedo de que Rosalía investigara, junto a sus amigos, decidió exhumar el cadáver de donde estaba y lo llevó a otro sitio más alejado.

Más tarde, el 20 de junio de 1949, un pelotón de gendarmes estaba realizando procedimientos en las Islas y encontró un cadáver. Dieron parte a la policía, que tenía un parte por la desaparición de Pereyra y eso fue todo. El informe de la Gendarmería incluía fotos de los restos del cadáver y una escopeta, calibre 16, sistema Mauser. Se inició la investigación y se logró detener a los tres asesinos, quienes reconocieron haber asesinado a Pereyra. Se hizo el sumario y la noticia con todos los detalles trascendió a la prensa.

La novedad atravesó el charco y llegó al Uruguay. A los pocos días un joven de 22 años, casado, se presentó a la Policía y dijo “soy Luis Alberto Pereyra y en la Argentina me dan por muerto”. Siguió la investigación, y se comprobó que Pereyra había trabajado con los Galloro y Severo Fernández en la Isla, y que había convivido con ellos, pero dijo que había extrañado su tierra y que además temió que los Galloro interpretaran mal su relación con Rosalía, y se volvió.

El diario La Razón siguió la secuencia de la historia hasta allí, y no indagó más. Obviamente que quedaron muchas preguntas abiertas. ¿A quién mataron los hermanos Galloro? ¿Cómo sucedió que lo enterraron sin verificar quién era? ¿Nadie denunció la desaparición de otra persona? Otra persona que sería un isleño que andaba por ahí... Quién sabe.

 

Fuente:

- Torriell, Edel, “Historias Tigrenses”, Municipalidad de Tigre, Buenos Aires, 2001.