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Trata y prostitución, una historia sin colores PDF Imprimir Correo
Escrito por Mónica Carinchi   
Domingo, 11 de Octubre de 2015 15:43

La artista plástica Valeria Salum presenta su obra en el Museo de la Mujer. Recorrió pueblos de la provincia de Buenos Aires buscando los registros de prostitutas. Si bien la literatura ha destacado siempre la presencia de mujeres extranjeras en los prostíbulos argentinos, fundamentalmente francesas y polacas, la documentación relevada  por la artista plástica le permite afirmar que el número de criollas fue mayor al de las extranjeras. La muestra se inaugura el 23 de septiembre, a las 19 hs., en el Museo de la Mujer (Pasaje Rivarola 147, CABA).

 

Un día… una mujer defendió su derecho. Raquel Liberman, una prostituta polaca que trabajó por años para la Zwi Migdal, tomó la decisión de denunciar a la mafia judía que regenteaba 3000 burdeles en Argentina. El imperio proxeneta se desplomó y, finalmente, la reglamentación que protegía el “negocio” fue abolida.

La comprimida historia encierra miles de nombres y rostros que quedaron asentados en los Registros de Prostitutas, hasta los que llegó Valeria Salum, la artista plástica que presentará su trabajo, Prostitución y Trata Tienen Cara de Mujer, en el Museo de la Mujer (Pasaje Rivarola 147, CABA) a partir del 23 de septiembre.

 

Engañadas

Su interés por el tema de la prostitución empezó después de ver Las putas de San Julián, la obra de Eduardo Bayer. “Comencé a investigar y descubrí que hay registros de prostitutas de la época de la reglamentación, entre 1875 y 1936. En ese momento debían registrarse en la Municipalidad, la policía y en salubridad. Tenían una libreta numerada, con foto y datos personales”, explica Valeria.

La libretita tenía hojas en blanco donde se asentaba semanalmente el estado de salud de cada mujer. Quien crea que el objetivo era cuidar a las prostitutas, se equivoca; lo trascendental era proteger a los hombres. “Dicen que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo y, en realidad, es el privilegio más antiguo de los hombres”, afirma la artista plástica.

La investigación está acotada, al menos por ahora, a la provincia de Buenos Aires. “Entre fines del siglo 19 y 1930, hubo varias organizaciones, entre ellas la Zwi Migdal, una mutual de socorros mutuos judía dedicada a la trata de mujeres, traídas de Europa del este, en general engañadas”. Conseguir jovencitas huérfanas o de familias numerosas y hambreadas de las aldeas del este de Europa, resultaba fácil; llegaban con promesas de casamiento, que solía fraguarse en la sinagoga que poseía la Zwi Migdal en la Av. Córdoba. Estos judíos rufianes fueron discriminados por los judíos decentes, por lo cual construyeron, incluso, su propio cementerio, que perdura, en el partido de Avellaneda.

Las mujeres “casadas” después iban a remate, “en la Av. Alvear había un café donde se remataban en libras”. Luego eran distribuidas por todo el territorio nacional. El ferrocarril también sirvió a este efecto.

 

Entre fotos y bordados

“En todos los pueblos de la línea del ferrocarril del oeste había prostíbulos. En Carlos Casares, Junín, 9 de Julio, Chivilcoy encontramos registros de prostitutas”. El registro más antiguo, 1884, fue encontrado en el Archivo Histórico de Chivilcoy. Le sigue el de San Pedro, de 1890.

El registro de Tres Arroyos, de 1924 a 1926, estará expuesto. Y, también, el de San Fernando, que “es de 1931 a 1935; tiene 860 mujeres registradas”. Por aquella época, San Fernando era zona de gran consumo de prostitución: había puerto, el delta tenía mucha actividad. “A veces se traía a las mujeres hasta Uruguay y se las introducía a Argentina vía Tigre. También por aquí entraba el contrabando de seda y telas”. Muchos eran los burdeles; cerca de la estación Carupá estaba la casa de un peso. “Cuando las mujeres no se portaban bien, las mandaban ahí como castigo. El prostíbulo más caro y glamoroso estaba frente a la estación Punta Chica”.

Obviamente, el Estado hacía su negocio, pues “cada mujer pagaba su libreta, su visita al médico y cada prostíbulo pagaba impuestos que eran más caros que los de cualquier comercio. Es decir que las Municipalidades tenían un ingreso importante a través de la prostitución”.

El cobro de las mujeres variaba: las francesas cobraban $5 por servicio; las polacas, $2 y las argentinas, $1. “Eran superexplotadas. La literatura siempre habló de las francesas y las polacas y a las argentinas no se las menciona, pero lo registros demuestran, por ejemplo el de San Fernando, que el 70% de las mujeres son argentinas”. Es decir que la investigación sirvió para visibilizar la explotación de la criolla, menospreciada por su condición de tal. “Hay muchos apellidos italianos y españoles, pero probablemente no dijeran el apellido real”.

Si bien la prostitución era legal, la prostituta tenía, prácticamente, condición de presa, pues “no podía salir después de dos horas de puesto el sol; no podían circular por lugares públicos donde hubiera gente decente; no podían ir al teatro. Las casas de tolerancia debían tener las ventanas selladas, no podían estar cerca de escuelas, iglesias ni fábricas de mujeres. Cualquier persona que aceptara en su casa a una mujer registrada como prostituta, por ejemplo para trabajar como empleado doméstica, debía pagar multa”. Evidentemente, era una situación que las acorralaba (al registrarse, ponían a qué casa de tolerancia pertenecían, porque si se escapaban, la policía las buscaba y las devolvía a la casa) y sólo podían salir de la trampa si se casaban o se internaban en un convento.

Todo este mundo de sometimiento y dolor fue plasmado por Valeria Salum en obras hechas con textiles y fotografías. “Trabajo las fotografías porque viéndolas, uno no puede imaginar que esa mujer es una prostituta. Muchas fotos son de estudio, con escenografía, ropas elegantes que a veces están repetidas, quizás se las prestara el estudio fotográfico. Recién en la década del 30 la foto es más parecida a la foto-documento que nosotros conocemos”. Especialista en textiles, Valeria presenta femeninos bordados blanco sobre blanco y negro sobre negro, como una narrativa de la ignominia o como alegato del deseo silenciado, un único deseo: la libertad.

El siglo 20 finalizó y los nuevos tiempos traen nuevos desafíos, sin embargo Valeria expresó: “El trabajo empezó porque nos dimos cuenta que no cambió nada, en la calle se ven papelitos ofreciendo partes de una mujer”.

La inauguración de la muestra coincide con el Día Internacional de Lucha contra la Trata de Personas, el 23 de septiembre; continúa hasta el 14 de noviembre y formará parte de La Noche de los Museos, el 31 de octubre.