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Escrito por Dr. Juan José CARRASCO   
Lunes, 24 de Agosto de 2015 16:39

“Siempre va a faltar la victoria definitiva mientras haya un pobre en la patria”. Estas emotivas y vibrantes palabras, pertenecen al discurso de nuestra Presidenta al asumir su primer mandato. De sus dichos parecería que, por entonces, tenía un claro conocimiento de la dimensión de la pobreza en este país.

Recientemente, en un foro extranjero, manifestó que en la Argentina han caído tanto el índice de pobreza como el de la indigencia a niveles prácticamente inexistentes. Asimismo, que aquí se ha erradicado el hambre. Todo ello, en base a datos estadísticos erróneos y poco creíbles. ¿Qué ha ocurrido entre una visión del problema y la otra? ¿Acaso han desaparecido realmente los motivos causantes de esta marginación social? ¿O es una manipulación política más a la que nos tienen acostumbrados?

No es menester ser un agudo observador para concluir que dentro del territorio nacional existe una amplia franja de pobreza que en nada se condice con los porcentuales anunciados por la Presidenta fuera del país. La pobreza es extensa, diversificada, e incluso tiene actualmente una fuerte expresión en las clases medias, en donde el deterioro de sus bases económicas ha generado un estrato social en crecimiento denominado “los nuevos pobres”. En rigor de verdad, no hay “focos de pobreza”, sino un problema más amplio y generalizado.

La Iglesia tiene dicho que “la pobreza existe cerca de nosotros y con diversos rostros”. Así, el nudo central de la cuestión radica en la negación total o parcial de la realidad, de manera expresa y deliberada. Negar un hecho es lo más fácil del mundo. Mucha gente lo hace, pero el hecho sigue siendo un hecho. UNA REALIDAD DESAPARECE SÓLO ANTE OTRA REALIDAD. Y, por otro lado, parcializarla tampoco es la solución. Porque, UNA MEDIA VERDAD, ES UNA MENTIRA.

La falacia de desconocer o relativizar la pobreza, no es inocua. Tiene severas consecuencias en términos de políticas públicas. No sólo no da soluciones a los pobres, lo que conlleva a la perduración y acentuación de estados de exclusión humana antiéticos y estigmatizantes, sino que va más lejos aún. A través de la minimización y relativización se está cuestionando la existencia misma del pobre. Cuatro cosas no pueden ser escondidas durante largo tiempo: la ciencia, la estupidez, la riqueza y la pobreza.

Reconocer oficialmente las carencias, la necesidad, el hambre y la indigencia, no deshonra a nadie, pero sí el no hacer ningún esfuerzo para salir de esa situación. ¿No es mejor exponer nuestras miserias sociales y observarlas atentamente, para después eliminarlas de forma eficaz? El clásico discurso político latinoamericano, demagógico y facilista, constituye el mayor escollo para poder emerger de la pobreza. Cuando sus adeptos ya no pueden disfrazarla, tratan siempre de justificarla con frases resignadas, conformistas y hasta piadosas: “Pobres hay en todos lados”, “Pobres hubo siempre”, “Pobrecitos los pobres”, etc.

Los gobernantes populistas, por un grave error, consideran la erradicación de la pobreza, la indigencia y el hambre, como una acción solidaria, graciable o de caridad. Y si no, reparemos un instante en lo que éste gobierno le otorga, con gran difusión, a los más necesitados. Dicha asignación, se asemeja más a una ayuda humanitaria que a un verdadero acto de JUSTICIA SOCIAL. ¿Los pobres serían lo que son, si los gobiernos fuesen lo que deberían ser? La pobreza no es delito, ni es pecado, ni mancha, ni deshonra. Tampoco avergüenza como para ser ignorada, escondida, soslayada y condenada a la inexistencia de la omisión. Nos preguntamos, entonces, ¿por qué la Presidenta dice lo que dice? ¿Tendrá temor a que los pobres le pidan algo de lo suyo? ¿O sentirá vergüenza de reconocerlos? ¿Podrá verlos desde la altura en que se halla? Sólo se acuerda que existen cada vez que los necesita. Creemos sinceramente que nuestra gobernante, cuando se refiera a los pobres, deberá hacerlo con mayor delicadeza y respeto. Para ello, resultará muy saludable, previamente, realizar lo que ella misma recomienda a los demás: “darse un baño de humildad”.

Ocultar la realidad es mala escuela, porque más temprano que tarde ésta se impondrá con el peso de la verdad. Será imposible solucionar un problema, si antes no lo reconocemos y asimilamos como tal. Queremos finalizar estas líneas reivindicando la condición de los pobres, porque, pese a todo, ellos tienen lo que a ella le falta, humildad, respeto y dignidad.          Nuestros hermanos en desgracia, no sienten vergüenza de ser lo que son, ni de estar donde están, y mucho menos de ser vistos. Sería muy bueno que la Señora Presidenta, antes de encubrir con descaro la pobreza, recordara una frase digna de mención: “NO ES VERGÜENZA SER POBRE, Y ES VERGÜENZA SER LADRÓN”.

Dr. Juan José CARRASCO

DNI 8.269.853