Inicio Sociales “En la vida siempre hay riesgos y hay que afrontarlos”
“En la vida siempre hay riesgos y hay que afrontarlos” PDF Imprimir Correo
Escrito por Maribel Carrasco   
Sábado, 10 de Octubre de 2009 14:33

Entrevista al Padre Edel Torrielli (II parte)

El mensaje de Jesucristo: “Amar a Dios y a tu prójimo como a ti mismo, que se puede encarnar en una realidad y te puede hacer muy feliz”, fue el disparador que llevó al Padre Edel a dejar la comodidad de su vida de entonces para volcarse a su llamado espiritual. Pero este camino no le fue nada fácil. Le tomó cuatro años tomar la decisión y al año de haber ingresado al noviciado de la Compañía de Jesús en Córdoba se enfermó gravemente de poliomielitis. Durante los cuatro años que duró la rehabilitación estuvo retirado de toda actividad, y ya recuperado consiguió trabajo en la Biblioteca de San Fernando y en el Colegio Nacional de Vicente López. A los 28 años, cuando parecía que ya no podría dedicarse a su vocación sacerdotal, logra una entrevista con el Obispo de San Isidro e ingresa al Seminario Episcopal San Agustín de San Isidro. Finalmente, el 14 de agosto de 1969 se ordenó como sacerdote. Una vida llena de desafíos, riesgos y también de adversidades ante las cuales el Padre Edel pudo reponerse, retomar sus sueños y desarrollarse plenamente. Un ejemplo para conocer.



Usted contaba que a partir de un viaje a una misión rural en San Luis, tomó otro camino en su vida. ¿Qué fue lo que sucedió? – “El viaje a San Luis fue una transformación interior. Yo descubrí a los padres jesuitas del Colegio Máximo de San Miguel, y eso fue una transformación. En mí, alimentaron una vocación nueva, un ideal nuevo. Lo maduré durante cuatro años y un día dije: “me voy”.

¿Qué fue lo que más le impactó de esa nueva vocación? – “Y… una vivencia nueva, la parte espiritual del hombre y el mensaje de Jesucristo. Un mensaje posible y posible de dar felicidad al hombre, y es un mensaje tan simple, tan sencillo: “amar a Dios y a tu prójimo como a ti mismo” se puede encarnar en una realidad y te puede hacer muy feliz. No me habló ningún ángel y me costó cuatro años decidir esta situación. Dejar el Banco (trabajaba en el Banco Provincia), dejar la carrera, dejar a mi novia y empezar una vida nueva. Yo digo que en la vida siempre hay riesgos y los riesgos hay que afrontarlos. A mí me pareció que había que afrontar ese riesgo. Pasé una época muy mística. Yo siempre fui muy tímido, muy vergonzoso, muy para mi interior, nunca fui efusivo y me costó mucho más”.


“Cuando decidí entrar al Seminario fue un escándalo”

¿Cómo vivió esa transformación con su familia y sus amigos? – “Esto hay que afrontarlo, hay que meterse adentro de esto y seguirlo a muerte. Cuando decidí entrar al Seminario fue un escándalo. Fue una cosa muy rara. Mis amigos del Banco decían: “este está enloquecido, vamos a llevarlo a un piringundín”. Pero no se trata de mujeres, es una corriente espiritual, es algo interior que yo quiero desarrollar y es un desafío. Pero los desafíos siempre estuvieron a la orden del día. Cuatro años tardé para decidirlo. El 23 de marzo de 1960 cuando cumplía 24 años me aceptan en la Compañía de Jesús y no tenía a quién comentárselo. Se lo dije a dos amigos del Banco, se lo dije a mis primos, y mis primas lloraban, mis tías lloraban, mi mamá lloraba y decía: “¡qué le va a pasar a este muchacho, está enloquecido!”. “Déjenme probar, Dios dirá lo suyo”, pero fue muy duro. Fue un camino muy difícil, porque entre los tironeos de los sentimientos y pensar que yo no dejaba a mi mamá ni por un día. Yo era de la mamá, nos criaron así. Era otra época, hace 70 años atrás. Para todo se pedía permiso. Cuando se lo dije a mi papá, lo hablé ocho días antes de irme. Me dijo “si esa es tu voluntad, probá pero no te olvides que yo voy a ser siempre tu papá y que ésta va a ser siempre tu casa. Probá”.

¿Cómo fue el ingreso al Seminario? – “Me fui a Córdoba, al noviciado de los jesuitas (la Compañía de Jesús), y no me trataron nada bien. Me dijeron: “deje la valija detrás de la puerta, vuelva a la cinco de la tarde”. Yo había llegado a las siete de la mañana a la Universidad de Córdoba, y me fui a caminar por la peatonal de Córdoba, me comí un sándwich, me senté en una plaza y me decía: “estoy loco”. A las cinco de la tarde me presento, y me dicen: “este es el padre ministro”, había una estanciera en la puerta, subieron la valija, y me dijeron: “súbase” y me llevaron a las afueras de Córdoba. Conservo los recuerdos como si fuera en este mismo momento: se abríó un portón de hierro, entré, entró el cura que me acompañaba y escuché en mis oídos el golpe de la reja y dije: “para mí, se terminó mi libertad”. Yo buscaba la libertad total y ahí me di cuenta...”.

¿Cómo era la vida en el noviciado? – “Empezamos con un duro noviciado. Todo era a horario: veinte minutos de siesta, diez para comer, quince minutos de meditación, a las ocho a apagar la luz, a las nueve acostarse a dormir y a las siete te despertaba la campana. Yo me decía: “¡qué vine a hacer acá!”. Plenitud de la vida. En el Banco ganaba muy bien, me iba con mis amigos a Mar del Plata, tenía un buen pasar, tenía buenas amigas, buenos amigos, yo bailaba en el Club San Fernando… “No puedo pasar por esto”, me decía. Ahí empezó el adoctrinamiento al cual yo me resistía, porque no me interesaba”.


“En la plenitud de la vida y en 24 horas quedé reducido a la mínima expresión”

¿Era un sistema muy rígido? – “Sí, demasiado. Un día jueves jugaba un partido de paleta, ya estaba por empezar a vestir la sotana en el primer año, y a la noche me empezó a doler los cuadriceps y tenía fiebre. Me despierto mal, me quiero bajar de la cama, se me aflojan las piernas y me caigo al suelo. Llaman a una clínica privada de Córdoba y a un infectólogo para hacer un diagnóstico. Tenía 40 de fiebre, me estaba poniendo cianótico, respiraba cada vez peor. El cuadro era trágico luego de 24 horas. Me aislaron en un lugar que tenían para los enfermos, empiezan a venir los médicos y a estudiarme. El sábado a la mañana me traen la comunión y dicen “está grave, hay que internarlo. Tiene una poliomielitis”. Me llevan al Hospital Rawson, me colocan un pulmotor y así viví de mayo a septiembre hasta que mi mamá y mi tía me pudieron traerme a Buenos Aires en un avión sanitario con pulmotor”.

¿Qué edad tenía en ese momento? – “24 años. En la plenitud de la vida y en 24 horas quedé reducido a la mínima expresión. Estuve tres meses adentro del pulmotor, me ahogaba, llegué a pesar 45 kilos, me asistían con suero y plasma. Un día hicieron una novena los novicios, abrí los ojos y pregunté adónde estaba. Perdí el habla, la memoria, la escritura, perdí todo, y estuve un año con el pulmotor en Buenos Aires hasta que logré ir a ALPI (Centro de Internación y Atención Ambulatoria) para hacer la rehabilitación. Me rehabilitaron todo. Tenía cuadriplejia, lumbalgia… Severísimo. Era un esqueleto con piel. Estuve internado atrás de la Casa Cuna, y mi mamá y mi tía venían fines de semana por medio, porque costaba mucha guita… hasta que pude pasar a la calle Soler de ALPI y estuve un año haciendo rehabilitación. De a poco empecé a escribir, a recuperar la memoria. Me acostaba a las dos de la mañana y me levantaba a las cinco de la tarde, con muchos dolores”.


“Usted va a llegar a lo que se propuso”

¿Cuándo tiempo estuvo con la rehabilitación? – “Y a los cuatro años, cuando ya tenía 28 años, mi prima me trae a vivir con ellos en la Colonia Turca (en Tigre). Es verdad que tuve dificultades pero también suerte de caer en algunas manos. Una tarde voy a visitar al Dr. Arnoldi, que era Presidente de la Biblioteca de San Fernando. Fui a las cuatro de la tarde a saludarlo y a las ocho de la noche estaba golpeando las manos en la Colonia Turca (es la única casa que quedó de la Colonia Turca sobre la calle Caupolicán, en frente del Museo de Arte Tigre, una casa de los años 40 en la que ahora está una empresa) “Le vengo a traer el nombramiento de Secretario Administrador de la Biblioteca de San Fernando porque Usted ahora lo que necesita es trabajar para ponerse bien y le ruego a Dios y a María Santísima que lo ilumine siempre. Usted va a llegar a lo que se propuso. Y además, el Dr. Arnoldi le envía este sobre en el que está el primer mes de sueldo”. “Yo no puedo aceptar esto”, dije. “Usted acepte”, me respondió. Yo no tenía un mango ni para tomar el colectivo”.

¿Cómo fue el trabajo en la Biblioteca? – “Fui a hacerme cargo del lugar, y estaba ahí una compañera mía del secundario. El Dr. Arnoldi había dado la orden “atiéndanlo de lo mejor” y me traían el café con leche a la tarde con las masas de El Cañón (panadería histórica de San Fernando). Un día me encuentro con una ex compañera del Colegio, Marta Ávila, y me dice “¡vos acá, qué sorpresa!” y me dice: “yo estoy trabajando en el Colegio Nacional de Vicente López y estoy por dejar, ¿vos no querés ir?” y yo tenía toda la mañana libre. Yo le dije: “Marta, no se si voy a poder cumplir, yo estoy medio, medio”. Me dijo: “no, vení, yo te presento”. Un día voy, me presenta al Rector, y me dice “ya me contaron su historia” y me pregunta: “¿quiere quedarse hoy? despácheme toda esta correspondencia, póngale la estampilla… y después me copia todos estos títulos” (se ponía un trapo mojada en la prensa para copiar). Fui a las tres de la tarde y me fui a las siete de la noche. Ahí empezó mi carrera”.


¿Y qué pasó con la vocación religiosa? – “Un amigo mío que trabajaba en el Nacional de Vicente López un día me dice: “¿qué pensás hacer con tu vocación religiosa?”. “No sé, están por aceptarme de nuevo en la Compañía pero vos sabes que son diez años que tengo que estar ahí, y no se si mi salud me va a dar para lograr todo eso”, y él me pregunta: “¿y si le hablo al Obispo de San Isidro?, yo soy Presidente de la Junta Diocesana, con mi mujer. “Por qué no venís a hablar con el cura que yo conozco, charlas con él y vemos”. Fui, conocí al cura éste y me pareció bárbaro. Pasaron los meses, llega el mes de febrero y la mujer del Dr. León me llama y me dice: “el obispo te está esperando hoy a la una de la tarde”. Yo estaba en el colegio y le pedí permiso a la Rectora. Llegué a la una y el obispo se levantó de la mesa. “Ya sé toda tu historia, ¿cuándo queres entrar?”, me preguntó, y me dijo: “los alumnos entran acá el 9 de marzo al Seminario”. Bueno, avisé en el Colegio que me iba a retirar, y que me iba al Seminario a San Isidro”.

¿Cómo vivió este nuevo ingreso al Seminario? – “Ese 9 de marzo del 64 llovía a torrentes, había que llevar el colchón, y llegué a las nueve de la noche. Todo era muy extraño. Éramos poquitos en el Seminario, siete, de los cuales quedamos dos. Nos reúne el Obispo y nos da las instrucciones y nos dice: “Ustedes van a estudiar en los jesuitas de San Miguel (Colegio Jesuita Máximo de San Miguel). El día 9 yo doy la misa pontifical y ustedes van estar presentes ahí”. Compró una combi e íbamos todos los días de San Isidro a San Miguel. Y ahí me encuentro con mis ex compañeros del noviciado de Córdoba que venían a hacer Filosofía y Teología a Buenos Aires. Estaba Bergoglio, decía: “¿y éste qué hace acá?” y yo les decía: “no entré por Ustedes, entré por San Isidro”. Di Filosofía en dos años, di tercero libre, hice los cuatro años de Teología en tres, dando cuarto año libre, y me ordené el 14 de agosto de 1969. El 14 de agosto de este año cumplí 40 años de cura: siete años en Florida, once años en la Parroquia Inmaculada Concepción y 22 acá, en Tigre”.

Continúa en el próximo número la tercera y última parte de la entrevista.