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Carpintero del Museo Naval y el mejor bailarín PDF Imprimir Correo
Escrito por Mónica Carinchi   
Jueves, 26 de Abril de 2018 01:01

Más recuerdos del vecino que nunca se fue de Tigre. Conoció el gran campo que se extendía entre Rincón y Benavídez. Compró verduras en la feria de Canal y frutas en las chatas del Puerto de Frutos. Trabajó 43 años en el Museo Naval. Hoy se lo puede ver andando en triciclo por la costanera de Tigre.

El extenso campo que había entre Rincón y Benavídez vio crecer a toda la muchachada. “Donde ahora está Nordelta, nosotros íbamos a cazar ranas, patos. Antes eso estaba un metro más abajo, entonces siempre había agua. También había tambos, criaban chanchos, corderos. El agua se depositaba ahí cuando venía marea y después escurría. Ahora que levantaron, el agua de la marea se viene para acá, en lugar de meterse en los pajonales”, contó Fino.

Todas las familias compraban en la feria de Canal las verduras provenientes de las quintas de Rincón; la fruta la compraban en los puestos y en las chatas que llegaban hasta las escalinatas del Puerto de Frutos. “Todo era fresquito. De la isla llegaba manzana, pera, ciruela, membrillo. Yo iba con el canasto y lo traía lleno”.

Cuando iba a remar con su primo por el Gambado, desde la canoa arrancaban las ciruelas que se asomaban como una tentación.

 

Y fue carpintero

Cuando Fino terminó 6° grado, su mamá le preguntó qué estudiaría. “Nada, voy a trabajar de carpintero”. Su padre fue carpintero, hizo canoas y casas en la isla; su abuelo también fue carpintero, por eso su respuesta fue contundente.

Comenzó trabajando en Cadenazzi. “Hacíamos chinchorros, esos botes de madera que llevaban los yates atrás, colgaditos. Al lado de Cadenazzi estaba el astillero Milberg, que construía barcazas de chapa para llevar aceite al Uruguay. Las hacían remachadas, de acá se oía”, recordó Fino, quien siempre vivió en Saldías y Tedín.

Después de unos años, lo llamaron del Museo Naval. Empezó como carpintero y, cuando el modelista se fue, le preguntaron “¿te animás?”. Con humildad, respondió “vamos a ver”. Se quedó 43 años.

Cuando se ingresa al Museo, la primera pieza que atrae la atención del visitante es la fragata 25 de Mayo. “Con ese barco debuté. La habían traído media hecha del puerto de Buenos Aires y acá la terminé”.

Bajo una continua luz amarilla, con herramientas muy chiquitas, hacía a mano todas las piezas: casco, palos, aparejos, anclas. “Ahora todo se compra hecho”, dijo con una sonrisa picarona.

Si un barco se prestaba para una exposición, después iba él con su valijita. “El barco, en el Museo, siempre está en una vitrina. Cuando se sacan y se llevan en camión, aunque se ponían sobre un colchón, siempre se rompía algo. Yo iba, arreglaba y, cuando el barco volvía, estaba otra vez roto”.

Entre todos los trabajos que hizo, se destaca una fragata Sarmiento: “Fue para el cumpleaños de Perón. Medía 60 cm. Estuve como dos meses y medio con ese barco. Era difícil”.

Si bien trabajó con varios directores, recuerda especialmente al capitán Leván. “Ese señor era como mi padre. Él me decía ‘vos sos como mi hijo’. Pintaba cuadros, él pintó la fragata Sarmiento y fueron a sacarle fotos para los billetes”.

Una vez terminado su horario de trabajo en el Museo, durante un tiempo hizo una changuita gracias a su delgadez. “Con un suboficial electricista colocábamos antenas de radio. En total medían 30 metros; las colocábamos en tramos de 3 metros. Pasaban por la ruta y nos gritaban ‘locos’ porque estábamos allá arriba. Cuando hicieron la Panamericana, en cada puesto había que poner una. Se ganaba mucha plata. Lo hacíamos después de hora hasta la nochecita”.

Los fines de semana, Fino se destacaba bailando y a todos los amigos que querían, les enseñaba unos pasos. Y si alguno era medio tronqueli, para que las novias no se aburrieran, era Fino quien las sacaba a bailar.

Como antes la gente no se mudaba como ahora, en el vecindario todos se hacían amigos, así se fue armando una barra de unos 50 muchachos que jugaban al fútbol e iban juntos a los bailes. La mayoría partió para danzar entre las nubes.

Ya no están los caserones, ni los astilleros sobre el Luján, escasean las lanchas de paseo y la Victorica está prolijita y hasta ella llega Fino con su triciclo y se sienta en la costa y se queda un rato mirando todo lo que fue. A cada momento escucha un saludo, de los vecinos que pasan, de los amigos que lo contemplan desde algún lugar y de su perrita Pinqui, que nunca se olvidará de él.