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Antes todo era más lindo PDF Imprimir Correo
Escrito por Mónica Carinchi   
Viernes, 20 de Abril de 2018 11:27

Los recuerdos del vecino que pasea por la costa en triciclo. Sus padres llegaron en 1925 y se quedaron a vivir casi detrás del Museo Naval. Su papá era español y su madre nació, de casualidad, en Brasil, ya que el barco que traía a la familia de Italia paró en las costas brasileras. Entre las calles de tierra y el pasto que se cortaba con guadaña, formaron una familia que, ahora, es parte de la historia tigrense.

 

Los visitantes del Museo Naval podrán encontrar, en unas cuantas réplicas de barcos, placas con el nombre de Severo Juan Elvira. Ni aún los tigrenses lograrán ubicar este nombre, porque don Severo es conocido por todos como Fino.

Nació en el hospital de Tigre en 1929. Vivió siempre sobre la calle Saldías y, desde los 8 años, recorre la costa del río Luján, entre el río Reconquista y el Tigre.

“La costa no tenía baranda por ningún lado. Aunque de este lado había estacada de madera, el agua entraba por las uniones y se iba comiendo la tierra y caían los árboles”, contó Fino.

En la costa había grandes plátanos, “tan grandes que no podíamos abarcar entre dos”.

Por aquel entonces, tampoco había bancos. “El asiento era un árbol caído. Era medio salvaje, más lindo. A la noche iban las familias a tomar mate y no pasaba nada”.

Allí jugaba Fino con todos los amigos del barrio; por supuesto, desde pequeño salió a remar. “Uno que es de Tigre, aprende a remar a los 6 años. Mi papá hacía canoas y yo agarraba una y me iba a remar”. Ya más grande, fue socio del Nahuel y de La Marina, de donde salía con su primo remando hasta el Paraná.

Los domingos era costumbre tomar una cervecita en los bares de la costa. “El último que se demolió fue Chapaleo. Algunos tenían cancha de bochas, sapo”.

Entre las casas humildes, también se levantaban bellos chalets de la gente que iba al casino. “Había cada chalet que mama mía. Ahora muchos se demolieron para hacer departamentos que yo llamo conventillos de lujo. Arruinaron toda la costa”.

En la manzana comprendida entre Liniers, Maipú y Moreno, Fino recuerda que vivía una baronesa. “Tenía caballos. Se ponía pantalones y paseaba en caballo por todo el barrio”. Como la mujer era muy finoli, no hablaba con los vecinos, pero compraba en el almacén del barrio y Fino le llevaba la mercadería. “Ese almacén vendía de todo y se jugaba a las cartas, al sapo, se tomaba algo”.

Conoció la casa del Dr. Pirovano, predio que hoy ocupa Tarrab. “Mi papá trabajó con el doctor, por eso, en un repunte del año 40, fuimos a su casa porque era alta. Salimos en canoa desde mi casa. Mucha gente se fue al Tigre Club porque acá había casas bajas y todas de madera. En el 40 fue la marea más grande; la del 59 fue un poquito más baja”.

A diferencia de los vecinos actuales que, con la primera marea, ya se van, la familia de Fino las pasó todas y ahora él dice: “Con marea o sin marea, yo no me fui”. (continuará)